Hambriento nach pdf descargar

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Resumen Hegel, Kierkegaard, Tomás de Aquino hambriento nach pdf descargar la revelación cristiana son los inspiradores de este artículo. En él se muestra cómo la libertad del hombre sólo puede asegurarse cuando en su Origen hay un acto libérrimo de Amor y cuando su Destino no es otro que participar plenamente del amor del que ha surgido.

Palabras clave: Libertad, responsabilidad, amor, Dios, Hegel, Kierkegaard, Tomás de Aquino. Human Freedom in the Christian Tradition: I. Origin and Destiny of Freedom Abstract Hegel, Kierkegaard, Thomas Aquinas and the Christian revelation are the inspiration for this paper. Here we show how human freedom can only be ensured when there is an act of supreme Love in its Origin and when its Destiny is the full participation of that love from which it originates. Keywords: Freedom, Responsibility, Love, God, Hegel, Kierkegaard, Thomas Aquinas. No pretendo exponer el pensamiento de Hegel al respecto ni su desarrollo. La cita sólo aspiraba a introducirnos en el inmenso tema de nuestras reflexiones: la libertad del individuo se constituyó gracias al anuncio cristiano, aun cuando hoy la conciencia de que la libertad pertenece esencialmente al hombre es una ganancia espiritual propia también de quien no se reconoce en la fe cristiana.

En efecto, esta palabra denota la existencia de un aliquid que se establece como único, insustituible, irrepetible. Dónde encuentra su origen esta realidad? La respuesta que ofrecen las ciencias no es definitiva. Explican cómo surge un individuo de determinada especie viva, es decir, mediante qué proceso de fusión de las dos células germinales comienza a existir un individuo que pertenece a la especie humana. Por otro lado, y en perfecta conexión con lo sugerido, la individualidad del hombre no es del mismo grado ni de igual intensidad que la individualidad de una planta o de un animal, según parece que intuyó ya el propio Aristóteles.

Existe una suerte de confirmación psicológica de lo que estoy exponiendo. Mis padres no me querían a mí, sino un niño, un hijo. Que el hijo al que aspiraban fuera yo, excedía los límites de su poder. Una persona sólo puede surgir de la Persona, capaz de establecer relaciones directas entre personas. Por consiguiente, en el hontanar de mi existir no puede haber sino un acto de inteligencia y de elección: yo era conocido antes de existir y he sido elegido entre infinitos seres posibles. Y, en profunda sintonía con sus exigencias explicativas, la fe cristiana enseña que cada persona humana es creada por el propio Dios.

Pero hay otro aspecto ligado a la reflexión que estoy desarrollando. Dios, está destinado a tener una relación absoluta con Dios como espíritu . Puesto que toda persona debe su ser a un acto de libertad divina, la libertad humana se sitúa desde su inicio en el seno de una relación: la que media entre Dios y la persona humana. Esta situación primigenia imprime en nuestra libertad, en su ejercicio, un sentido indestructible.

El sentido de la vida no debe ser inventado, sino descubierto. Comienza a delinearse el significado cristiano de la libertad. Desde la perspectiva cristiana, la libertad es, en su esencia más íntima, la real capacidad de responder a la llamada de Dios creador. Capacidad de responder, es decir, responsabilidad. Cada uno responde ante Dios de sí mismo: esta es la definición de libertad que se alcanza al considerar el origen de la persona humana. En el seno de esta consideración surge también el nexo entre libertad y obediencia, que el pensamiento cristiano sostiene con vigor, como dos términos que connotan una misma realidad. Desde semejante punto de vista, el paradigma de la libertad es el asentimiento de María.

Llegados a este punto, tal vez valga la pena sintetizar lo expuesto: la libertad sólo está a salvo si en el origen de mi ser se encuentra una Potencia que me ha traído a la vida por amor. Superioridad de la persona respecto a la mera naturaleza Antes de pasar al punto siguiente, quisiera extraer una conclusión, que, en cierto sentido, no es sino un corolario de lo dicho. Me la han sugerido algunas páginas de Platón, al que siguen en este extremo los grandes teólogos franciscanos del siglo XIV. Si yo dependiera totalmente de los antecedentes biológicos, que de manera causal y fortuita me produjeron en el seno de mi madre, esos mismos elementos serían capaces de destruirme por completo. Si yo fuera exclusivamente el resultado causal y azaroso de la naturaleza, ésta me podría aniquilar.

Pero el hecho de haber sido introducido en el ser por la Potencia creadora de Dios me dota de una consistencia ontológica superior a cualquier fuerza natural. La libertad, que en la persona es fuente originaria de auto-determinación, es signo de esta superioridad invencible de la persona respecto a la naturaleza. No es posible que el yo personal sea destruido porque lo que puede matarlo, el universo material, no sólo es inferior a él en dignidad por lo que atañe al ser, sino que también se encuentra dominado por la persona mediante su libertad. Tenemos ya la primera parte de la respuesta: porque el cristianismo afirma que el hombre no es un mero producto de la naturaleza, sino un tú frente a Dios, suscitado por su amor. Ahora querría desplegar la segunda parte. Y podría resumirla como sigue: el cristianismo asegura que todo hombre se encuentra llamado a una comunión eterna de conocimiento y amor con el propio Dios.

Esta respuesta debe articularse en dos momentos argumentativos. El segundo, que semejante finalización exige el hombre que sea libre: más aún, debe hacer ver que la libertad —el ser-libre— compone el constitutivo más hondo de la persona. Dios, fin último del hombre En la tradición del pensamiento cristiano, el tema de la destinación final del hombre a Dios, de cada hombre hacia el encuentro eterno con el mismo Dios, ha sido demostrado y pensado de innumerables maneras. No puedo resumirlas, ni siquiera aludir a todas ellas. Me limito a dos, particularmente sugerentes.

La primera sostiene que el hombre está dotado de una apertura infinita, que sólo Dios puede colmar. Por consiguiente, el hombre ha sido hecho para encontrarse con Dios. Es el gran tema de san Agustín: inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te. Considero en extremo interesante la modulación tomista de este tema.

La necesidad, el ansia de verdad presente en el hombre, lo impulsa a buscar una respuesta última a su interrogante sobre la verdad. Tal como muestra la experiencia, el hombre no se contenta con respuestas penúltimas, es decir, con soluciones que a su vez se convierten en ocasión y estímulo de nuevos interrogantes. Existe en el corazón humano la exigencia y la apelación a una Respuesta íntegra y definitiva. Existe otro modo de plantear la cuestión, no menos interesante.